Por Yuliet Tresa
La guerra empieza cuando alguien decide cómo se llamará lo que va a ocurrir. No con el primer misil ni con el primer cuerpo, sino con la primera palabra. En el caso de #Venezuela, esa palabra no fue secuestro. Fue captura. Y en ese desliz semántico —aparentemente técnico, aparentemente neutro— se condensó toda la operación.
Captura es una palabra obediente. Sugiere orden, legalidad, procedimiento. Secuestro, en cambio, es una palabra incómoda: señala una violencia desnuda, un acto fuera de la ley, una ruptura de la soberanía. Los grandes medios internacionales eligieron la primera. Donald Trump y Marco Rubio la pronunciaron primero; las redacciones la repitieron después. El efecto fue inmediato: no se describió un crimen, se administró una culpa. No es casual. En la guerra comunicacional, las palabras no informan: encuadran
1. El lenguaje como tribunal anticipado
Cuando un presidente es “capturado”, ya no es un sujeto político sino un delincuente en potencia. No hace falta juicio: el titular lo reemplaza. La prensa internacional no preguntó bajo qué jurisdicción, con qué derecho, en nombre de qué ley. La pregunta jurídica fue sustituida por una narrativa policial. El secuestro se volvió procedimiento. La violencia, trámite. Así funciona la criminalización política en su forma más eficaz: cuando no parece criminalización.
2. La democracia como palabra expropiada
“Transición democrática”. Dos palabras limpias, casi amables. Nadie explicó quién transita, hacia dónde, bajo qué mandato popular. En boca de Trump y Rubio, amplificadas por editoriales y analistas, la democracia dejó de ser una práctica histórica de los pueblos y pasó a ser un sello de autorización imperial.
Cuando un país poderoso decide que otro debe “transitar”, lo que hace no es defender la democracia: la confisca. Le quita a los pueblos el derecho a nombrar su propio proceso y lo sustituye por un guion externo, escrito en otro idioma y con otros intereses.
3. Ilegítimo: el espejo invertido
Trump repitió la palabra ilegítimo demasiadas veces como para saber que la ilegalidad está de su lado. Los medios la acogieron con docilidad. Pero hay palabras que funcionan como espejos: dicen del otro lo que ocultan de quien las pronuncia.
Ilegítimo no es un gobierno que se disputa en el terreno político interno. Ilegítimo es entrar de madrugada, bombardear, secuestrar a un presidente en funciones y salir como si el mundo fuera una propiedad privada. Eso no es política exterior: es piratería con bandera. Una Doctrina Monroe con actualización de software, pero con la misma lógica de saqueo.
4. La cirugía como eufemismo
“Operación quirúrgica”. La expresión apareció rápido, limpia, sin sangre. La cirugía no grita, no sangra, no mata: corrige. Al usarla, el discurso mediático hizo desaparecer los cuerpos. Cuarenta muertos se volvieron una estadística borrosa, un ruido de fondo.
No fue una operación quirúrgica. Fue terrorismo de Estado. Fue sabotaje. Fue amenaza regional. Pero esas palabras no circularon con la misma insistencia porque generan una emoción peligrosa: indignación. Y la indignación no es funcional al poder.
5. El narco-terrorismo como acto de proyección
Estados Unidos nombró como narco-terroristas a Venezuela, Colombia y México. Los medios repitieron la etiqueta con la naturalidad de quien copia un cable a la antigua usanza. Nadie se detuvo en el dato incómodo: el principal mercado de consumo, distribución y muerte por drogas está dentro de Estados Unidos.
Continue reading “Llamar las cosas por su nombre”