Una extranjera viajando en tren a Moscú
no hay a quien hacerle el habla
pero de rato en rato viene el controlador de boletos
a controlar mi nerviosismo y me siento acompañada
he llenado de tos el compartimiento
el aire circular de los agujeros con diminutas ventanas
el maletero vivo de cosas
no soy una vendedora más
ni sé de excursiones Lonely Planet al centro de la Tierra
me disculpo
odio las montañas
no tengo por qué explicar un origen demasiado arraigado en mis ojos
este excesivo sueño
que el desierto ha dejado como un tapiz de ahogadas voces en mi lengua
hasta que respirar se hace en viajes cada vez más cortos
el tiempo que me tomo en voltear la página
y encontrarme de golpe con el informe del tiempo
Al fondo dos turcos se juegan la suerte o a mí
y una nigeriana da de comer a su hijo de un fruto pequeño
que llamaré pecho
Verde que te quiero verde
repito
asumo esta opción
la soledad
Ojos profundamente negros
y manos cuidadosamente blancas
toda una lista de enfermedades tropicales
que de pronto asoman el rostro en un inglés impronunciable
que ya no me importa seguir
y es un motivo más para el silencio
pero ahora los turcos se lo juegan todo
y me toca ser el cuerpo o esa parte mía que también llamarán
pecho
un cruce atolondrado de formas
Y empiezo a entenderlo todo
acumulando voces como dialectos afines al tacto
mientras agua sale de la boca no como una palabra
y se convierte en una pregunta de los ojos que también el cuerpo describe
Pedir agua
debe ser igual en todos los idiomas
desde todas las manos
me aferro a lo que el cielo arrastra
para mantenerme despierta
para seguir el verde
para no interrumpir el recorrido e inimaginado vacío
Verde del Báltico
verde postal
el invierno es la ausencia del todo me dicen
y ya soy parte de esta línea que como un iceberg
se desvanece en la nada que dejará el tren
Dejamos atrás una estación
yo
el desentendimiento
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